Reaterrizado en Delhi

Llegar a Delhi en pleno invierno, vovler a Delhi de hecho, es una bofetada gélida en los tuétanos. No es que el invierno sea particularmente frío en comparación con otros lugares del mundo, sino que el aspecto desolado de las calles cubiertas por la niebla y la gente envuelta en mantas, algunas harapientas, alrededor de fuegos improvisados con cuatro cartones o caminando por la calle, no dibujan un panorama demasiado prometedor. Estoy seguro que un buen dibujante podría hacer un cuadro lleno de agria melancolía en estas escenas  callejeras donde la bruma, envuelta en polvo, destiñe los colores de la ciudad y los convierte en unos mediocres sepia mezclados con la escala de grises.

Mi casa, al entrar, estaba cubierta por un dedo de polvo y esta neblina que cubría la ciudad había entrado a las habitaciones traseras. Me quité las gafas creyendo que estaban sucias, pero lo cierto es que allí había una especie de nubes inapreciables que llenaban el ambiente de polvo, humedad y frío. Y luego, el tren. Mi casa, nunca lo había notado, está demasiado cerca del tren, así que el silbato de los comboyes que salen de Nizzamudin retruena constantemente. A veces, uno tiene la sensación de que el tren está pasando por el comedor. Hay que meditar si me quiero quedar aquí, porque me da que no voy a pegar ojo.

Así la vuelta a Delhi, por un lado tan esperada, se resiente del contraste con Taiwán que sin ser mi hogar, presenta ciertos parecidos con la vida que llevaba en Barcelona. Delhi, sin embargo, quiere sorprenderme. Todavía quedan minucias y delhicias por descubrir. ¡Le doy unos meses de licencia!