Des-bar-ajuste

Si el otro día presencié un momento hermoso caminando hacia el trabajo, esta vez fue algo más que un instante. La vigilancia de examenes en Jamia Millia Islamia, algo tan común en mi vida anterior como becario en la UPF, se convirtió de repente en una sorprendente experiencia. No sólo la universidad muestra una extraña afición por el encorsetamiento y el orden, obligando a los estudiantes a sentarse en la silla que les está asignada y a rellenar y entregar un montón de papeles que aparentemente aseguran el anonimato del examen para los posibles correctores, sino que los vigilantes y examinadores tenemos que pasar por un exhaustivo control similar.

Firmas por aquí, papeleo por allá… y entre garabateo y garabateo el paniwalla entra al aula y va sirviendo agua a todos los estudiantes que así lo solicitan. ¡Es un examen con camarero! Claro está que el agua no viene de la fuente de Evian ni nada parecido, sinó de un cubo de plástico puesto en la entrada con agua filtrada, por supuesto. Para los vigilantes el menú incluía te, samosa o bread pakora, lo que hacía algo más entretenida la larga espera de 2 horas y media hasta que los últimos estudiantes entregaron los examenes. Y entonces recordé la historia de la pobre chica que no pudo salir a tomarse una pastilla para la regla en un examen de Historia de China de Dolors Folch y me estuvieron a punto de saltar unas lagrimitas por los desdichados estudiantes de las universidades catalanas que se pasan el día en el bar, pero en los examenes no disfrutan de estos lujos asiáticos.