Roma – Delhi

El aeropuerto en Nochevieja es literalmente un cementerio. Al menos el de Roma Fiumicino. Pensé que celebrar el fin de año en el avión era un memorable inicio de 2010, además de contener un elemento simbólico de transición entre dos vidas: Barcelona y Delhi. Sin embargo, las horas en Roma han sido bastante menos románticas de lo que cabe esperar, pues la ciudad está tomada por los turistas que abarrotan la Fontana de Trevi cual abejas en un panal. He caminado con rumbo hasta media tarde cuando he perdido el mapa y me he perdido como hacía tiempo que no me perdía. Perderse a veces es un placer, deambular observando pequeños detalles que sólo se desvelan a quien está atento… Pero perderse cuando se va a un lugar y no se encuentra, cuando se dan vueltas en círculo porque las indicaciones no cuadran, eso es algo así como angustioso. Del fracaso itinerario, se ha llegado al gastronómico. No he comido todo lo bien que Italia augura y además he cargado inútilmente con una chaqueta inútil a pesar de las cuatro gotas que han descargado al atardecer. Roma no ha sido ni acogedora, ni amable. Me ha parecido más bien altiva.

En el aeropuerto, descubierto que se me habían quedado 15 euros en la máquina del tren y con la promesa de recuperarlos ni más ni menos que en octubre (!), todo podría haberse maquillado, pero nadie esperaba trabajar esta noche. Los pasillos eran un desierto de tiendas lujosas con las persiana echadas. Los pocos trabajadores de los controles y los servicios parecían más desinteresados que de costumbre en trabajar y miraban insistentemente el reloj esperando una liberación pronta para reunirse con los suyos. Los que volamos, en cambio, parece que o cargamos con los nuestros a cuestas, caso de familias indias bien surtidas, o parece que no tengamos nuestros. Así pues, el avión ha sido, como de costumbre, una mezcla de emoción, incertidumbre y niños berreando. Nada especial en esta noche festiva, excepto un grupito de italianos que se han traído el champagne de la tienda del aeropuerto. Pero desde el aire, cruzar Italia a las 12 ha sido mágico, todos los pueblos chispeando con infinitos fuegos artificiales. El espectáculo ha durado unos cuantos minutos. Si los habitantes de esas pequeñas aldeas y ciudades de nombres desconocidos supieran qué espectáculo estaban ofreciendo a los espectadores celestes… A las 12, 12 uvas en secreto y una cuenta atrás ficticia. En tierra, mis nuestros lo celebraron sin mi un año más (y ya van dos).

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