Ríos

En medio del tráfico en una mañana cualquiera, de Defence Colony a casa, un colapso. Miro a mi alrededor, rodeado de partículas en suspensión y bozinazos en igual medida, y no es difícil ver el tráfico de Delhi como un río desbocado. Por la aceras, por los carriles bici, por los huecos inimaginables, la corriente que presiona para encontrar su lecho avanza. Primero una moto rompe el tabú, luego otra, luego varias, un autorickshaw se sube a la cera zarandeando a los pasajeros, se ha abierto una nueva vía.

El tráfico de Delhi es un río extraño, pues pequeños mecanismos pueden contenerlo. Una luz roja, a veces un hombrecillo con un silbato. Pero a menudo, su fuerza excede las capacidades de la ley y el orden y cual torrente mediterráneo tras las lluvias de otoño encuentra su camino donde no le pertoca. El tráfico, sin embargo, es un río raro pues tiene doble sentido y no entiende de pendientes.

Lejos del orden que reina en las calles de Barcelona, aquí simplemente se fluye y se llega donde uno esperaba tras remolinos y obstáculos de toda índole, zigzagueos imperceptibles y bruscos golpes de volante, un rafting improvisado sobre tela asfáltica. Y en la desembocadura, la paz de haber salido con vida del torbellino.

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