Sin artificios

Llega la noche en Benarés y la gente, turistas y locales, toma posiciones para ver el aarti en honor al río en Dasaswameth Ghat. Las barcas se agolpan a la orilla, chocando entre ellas por un plano que haga la experiencia más intensa, más única, más excepcional. Lo cierto es que cuesta desvincularse de lo que sucede alrededor; de los japoneses saltando por encima de la multitud para fotografiar la pequeña vela a los pies del joven brahmin, el alemán vestido como un pedigüeño con la mirada perdida que parece seguir los ritmos de la música, los barqueros conversando entretenidos sobre el último partido de críquet, la ausencia del monzón o lo raros que han sido sus clientes del día. Tal vez muchos no saben, que lejos de la pompa de la representación en el ghat principal hay otros que a menor escala realizan los rituales quedamente, entre niños que corretean y apagones de luz.

Apenas hay turistas en Lalita Ghat, un ghat cercano a Manikarnika. Ni la técnica, ni la coordinación ni el despliegue de medios tampoco les ayuda a competir con el aarti de todos los aartis. Sin embargo, unos minutos a orillas del Ganges, bajo la simple actuación de estos jóvenes brahmines, totalmente envueltos en la oscuridad, deja la sensación de haber vivdo algo íntimo. Como en una Fiesta Mayor o una cantada de habaneras, donde las familias se reunen con devota atención mientras los niños juegan al escondite inglés, por un momento me trasladé a la infancia. Las barcas se amontonaban a lo lejos y el estruendo de Dasaswameth Ghat retumbaba en las nostálgicas fachadas palaciegas, mientras unos pocos miramos como, a su ritmo, el fuego honraba al sagrado Ganges en un rincón solitario de la intemporal Varanasi.

 

Anuncios