Barato sin bonito

Despedidas a parte, no me siento menos legitimado para continuar con mis Delhicatessen. Menos cuando el vuelo Delhi – Moscú – Barcelona tuvo de nuevo grandes elementos a comentar. Aeroflot no se ha ganado las simpatías de la mayoría de usuarios del transporte aereo. Hablando con este o con aquel, todo el mundo parece coincidir en sonreirse y entornar los ojos a lo, te has vuelto loco o qué, cuando anuncias que vas a volver a casa con la compañía rusa. Ya no usan los Tupolev famosos por sus accidentes, pero al parecer la fama de peligrosa ha permanecido. El caso es que volar con Aeroflot entraña algunas diferencias notorias con la mayoría de compañía que unen Asia y Europa. En primer lugar está el precio. Un viaje de ida a precios razonables, para los que no saben cuando van a ir o cuando van a volver. 270 euros por trayecto en temporada no exactamente alta es una muy buena oferta, aunque en muchas de sus conexiones las esperas puedes resultar interminables (aunque en mi caso fueron escasas 2 horas). Luego está el avión. Tiene los servicios normales de un vuelo low cost, al que se le suma la comida. Sin pantallas de entretenimiento ni casi nada para pasar el rato, excepto un único ágape. A pesar de lo ratilla de dar sólo una comida en un vuelo de 6 horas, hay que reconocer que era copiosa. El salmón delicioso ha dejado un buen recuerdo. Sin embargo, el servicio es férreo y resulta casi imposible arrancarles una sonrisa. El inglés no brilla por su ausencia, pero la pronunciación del inglés lo convierte a ratos en un idioma extranjero para los que lo chapurreen. Esto sumado a la antipatía postcomunista da como resultado algunas escenas de incomunicación que provocan un cierto miedo a ser apaleado o llevado al cuartelillo que seguro deben tener en la cola del avión o, pero, en la bodega. Y no me quiero imaginar lo que Natasha te puede hacer en las catacumbas del avión. Otra Natasha me cacheó en el control de seguridad del tránsito. Juro y perjuro que nunca había visto una mirada más fría. Nadie se apiadó de mi cuando mis zapatos no salieron del escaner y pretendían que continuara sin ellos, palabra de Delhicatessen. Tras mucho insistir al tipo, que seguramente tampoco hablaba más inglés que Boarding Card, Natasha apuntó al suelo donde yacía una caja de plástico con mis pertenencias esparcidas sobre la moqueta. Tuve que agacharme ante la multitud que miraba… qué humillante, a los pies de la gigántica bella glacial. Y puestos a confirmar y desmentir tópicos, sí, el avión llegó tarde. Lo suficiente para que no fuera dramático tanto a Moscú como a Barcelona. En la espera entre vuelos descubrí que unos españoles y chinos que iban a la ciudad condal habían perdido sus conexiones debido a los retrasos y se habían quedado en el aeropuerto del hotel dos días, ya que para salir de la zona restringida hay que tener un visado. No parecían precisamente contentos y se entestaron en conseguir asientos de Primera por las molestias justo en la puerta de embarque. Eso no ayudó a que el segundo vuelo saliera puntual… entre la indignación y la solidaridad de los demás pasajeros que estoicamente pensábamos que el avión no se iría sin nosotros. Veredicto: vuele con Aeroflot. Y coja un abrigo porque los rusos férreos no tienen miramientos en hacerte esperar en la pista durante largos minutos de frío abofeteador. Por el mismo precio, me llevé puesto el catarro.

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