One million memories

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Parecía una ciudad alicaída, sin apenas vida. Los templos esparcidos por la isla de Ayuthaya sufrían las inclemencias del sol justiciero. Apenas los amarillos que cubrían los budhas se permitían el lujo de brillar cuando topamos con el Museo del Millón de Juguetes . La entrada, un jardín de pequeñas piedras de río, cantos que recuerdan jardines de la infancia, el sonido inolvidable de las piedras juguetonas bajo los pies que involuntarios ejecutan un paso de twist. Unas abuelitas encantadoras regentan el restaurante donde sirven un poco de todo lo que hay que probar en un almuerzo rápido thailandés. Me decanto por el Pad ka-prao mou, cerdo picado frito con chiles y albahaca. Nos despiden las ancianas a modo de cuento de caperucita y vamos hacia la casa, donde yace aparacado un VW Beattle conducido por conejos de peluche.

La casa tradicional que alberga el museo tiene todos los ventanales abiertos y la brisa recorre los pasillos llenos de estanterías con mil y una figuras de los dibujos de la infancia. Arale, Ultraman, Pokoyo… Cada cual encuentra el referente que le traslade a los rincones de la memoria infantil, los años sin sabiduría, sin madurez, sin preocupaciones,  sin futuro. Muñecas diabólicas, antiguos artilugios de diversos oficios, una nave espacial que observa al Ganesha dorado de la entrada. Todo está arremolinado, apilado en los estantes, incluso a veces repetido. ¿Un millón de objetos? Probablemente sí. Un paseo que sin duda equilibra los ratos bajo el sol, entre las ruinas, los vestigios de un pasado que podemos rememorar, una parada perfecta para eludir las horas de calor.

Y finalmente, la tienda. Porque como todo museo que se precie tiene una tienda. Sin embargo, como todo en este espacio de magia, hay algo de hilaridad. Los productos diseñados por Krick, tienen unos precios demasiado razonables. Tarjetas postales, libros infantiles, tazas con la imaginería de este ilustrador que nos da  la bienvenida desde una esquina, amable, sonriente y, sin embargo, taimado. Nada invita al consumismo, todo invita a la ilusión. Si el mundo fuera así, si las vacaciones sólo fueran así…

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