Anécdotas, India, Turquía

Historia del narguile

Tokyo. Asakusa. En la vibrante capital nipona, foco de tendencias, centro financiero de Asia y refugio de las extravagancias más heterodoxas de nuestro planeta, el barrio de Asakusa se jacta de mantener la esencia shintoista de la cultura japonesa en plena vorágine urbana. En el templo que emerge de sus entrañas se celebra anualmente el festival de Sanja Matsuri que reúne a cientos de miles de tokyotas cargando altares con ídolos de otros tiempos, acompañados por ejemplos de las artes folclóricas de todo el país y rodeados por curiosos de medio mundo. Hasta hace poco, el festival constituía el único lugar donde ver públicamente y sin peligro para la propia vida a los grupos de yakusas —la mafia japonesa— mostrando sus cuerpos tatuados. En el corazón tradicional de la fugaz Tokyo, se encuentra Bonji, un local especializado en el arte de fumar pipas de agua en todas sus variedades que presume de tener el narguile más grande del mundo. La shisha ha llegado a Tokyo en la que parece su última gran aventura: la conquista del mundo. En Madrid, en Washington, en Bangkok o en Río de Janeiro, restaurantes persas, lounge bar genuinamente mediterráneos, bares de copas postmodernos, cafés de estilo magrebí y un amplio etcétera han incorporado la hookah a su oferta. Hoy en día, las cachimbas son conocidas alrededor del globo y parecen haberse convertido en una marca distintiva de clase, de una juventud urbana y cosmopolita, con un toque bohemio, que ve en el acto social de fumar el narguile una aproximación a la multiculturalidad y una forma de diluir un modo de vida demasiado acelerado tras una cortina de humo.

Ottoman Turkish Woman Smoking HookahHookah, narguile, cachimba o shisha son solo algunos de los nombres con que se conoce uno de aquellos inventos de la Humanidad de origen confuso. La arqueología de la hookah podría trazarse a partir de un instrumento para inhalar el humo de sustancias vegetales que provendrían de la India, en la actual zona fronteriza con Pakistán. Las piezas más antiguas que se conocen, del 1000 dC, estaban constituidas por una cáscara de coco como recipiente básico al que se unían dos cañas, una para sostener marihuana u opio y la otra para succionar el humo. Esta podría ser la teoría más plausible, pues explicaría su evolución hacia Persia y, más adelante, su llegada y expansión por el Imperio Otomano, así como el origen etimológico de su nombre en algunas lenguas —derivado de la palabra coco en sánskrito: narikela.— En Persia se desarrollaron las formas de madera que luego volverían a la India con las dinastías afganas del Sultanato de Delhi y del Imperio Mogol. Hacia Occidente, la hookah irradió hasta el Imperio Otomano donde adquirió gran popularidad en la corte de Estambul. Allí, el  instrumento se perfeccionó y adquirió su aspecto lujoso con motivos decorativos de gran complejidad y estructuras de bronce u otros metales y cristal que han llegado hasta nuestros días. Sin embargo, el mecanismo básico del narguile se mantuvo. Este consiste en el uso de un preparado humidificado, normalmente cubierto, con una brasa encima, que emite el humo a través de los orificios del lüle (cazoleta) hacia el shishe (base), donde este pasa por agua —fría, caliente o incluso perfumada según tradiciones— para ser inhalado a través del marpuch (manguera).

Mughal Lady with Hookah

La historia del narguile continúa con la llegada del tabaco. Paralelamente a la evolución del diseño, las pipas de agua pasaron del opio al tabaco tras la introducción del mismo desde Europa en el siglo XVI. Persia adquirió gran fama por su preparado conocido como tombeik, un tabaco de sabor fuerte que se utiliza todavía en Irán y el subcontinente indio. Fue en la corte otomana, en pleno siglo XIX, cuando los preparados persas adquirieron unos sabores suaves al añadir dulcificantes naturales, miel o melaza, que hoy conocemos como shisha, tobamel o maassel. El tercer tipo de preparado, propio de la India, utiliza frutas y perfumes para suavizar el sabor del tabaco, logrando un punto intermedio entre las variedades anteriores. Este último es conocido como jurak. Las tres formas tradicionales conviven en la actualidad, eclipsadas por el tabaco egipcio moderno que se caracteriza por una mezcla con glicerina como dulcificante y que ofrece una amplia variedad de sabores afrutados. Hasta la década de 1980, estas variedades de tabaco eran ajenas al mundo de la hookah y se han mostrado uno de los catalizadores de su éxito dentro y fuera de las fronteras del antiguo mundo otomano.

Hookah individual

Vendidas en mercados turísticos de toda Asia y tiendas occidentales como objetos decorativos, recuerdos o verdaderos instrumentos del fumador, las hookahs actuales, en gran parte, proceden de Oriente Próximo (Siria y Egipto) e imitan los modelos otomanos. Se utilizan botellas de vidrio decoradas con estructuras que combinan el metal y la madera. En menor medida se comercializa la hookah malabar, de origen indio, totalmente metálica. El coste de la cachimba viene determinado por la complejidad de la decoración y la calidad de los materiales. Sin embargo, en muchas zonas de Asia y África se mantienen formas arcaicas a base de cerámicas toscas y maderas sencillas que huyen de cualquier artificio decorativo. Es el caso de las hookahs vendidas en los mercados rurales indios o las formas tradicionales en la zona de Myanmar y el sudeste asiático que se asemejan a un vaso con una simple salida para succionar de madera. Entre las comunidades más humildes incluso se realizan con botellas de plástico recortadas. Y es que la hookah, lejos de ser un refinamiento, prima el hecho social, el encuentro lúdico y el intercambio entre un grupo afín. Raramente se convierte en un placer individual como supone el tabaco y, por eso mismo, tiene una tasa de adicción mucho menor. Con todo, no hay que confundirse. Estudios médicos afirman que una sesión de narguile supone la ingesta de 80 veces el humo de un cigarrillo y, a pesar de que el tabaco de la shisha carece de ciertos aditivos químicos que refuerzan la adicción, su consumo regular podría tener efectos similares para la salud de los fumadores que las del tabaquismo convencional.

¿Moda pasajera o nueva costumbre social? Lo cierto es que en tiempos de lucha contra el tabaco, la expansión de prácticas paralelas tiene muchas opciones de naufragar a expensas de la persecución de las autoridades sanitarias. También lo es que vivimos la explosión del mundo global y de las modas multiculturales, que pueden evolucionar hacia unas sociedades mestizas o llevar a regresiones neonacionalistas que barran con toda influencia extranjera. Sin embargo, mientras en Delhi se sigan agrupando los jóvenes en el Mocha a tomar pastel con hookah o en Barcelona se llene La Concha en el Raval a media tarde; mientras The Bed en Taipei siga siendo el referente  de moda y los cafés de El Cairo sigan deleitando a sus clientes con el servicio de las más excelentes shishas perfumada; mientras el café de la Corlulu Ali Pasha Medresesi en Estambul atraiga a estudiantes y nostálgicos a jugar al backgammon y tomar un te turco. Mientras en bares de medio mundo se sigan  oyendo alegres conversaciones adornadas por aromáticas expiraciones grisáceas, la hookah tendrá sentido. La esperanza para el narguile es su habilidad para hablar sin malentendidos, el idioma que no es nadie, una lengua donde los insultos y las agresiones se diluyen en el aire. No hablamos, está claro, del esperanto, sino de aquello que se esconde en el interior de la hookah: la poesía.

The Hookah Lighter

Publicado como “Señales de humo” en Reseñas de Ankara, otoño 2009

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